Todas las cosas cumplen su ciclo vital: nacen y mueren. Para permanecer vivo, y sin morir en el intento, hay que tomarse los ciclos como una lección, no contemplada en muchas ocasiones, a consecuencia del bombardeo continúo de tristes y cutres predicaciones. Todos tenemos la facultad de teorizar sobre la vida. Lo hace el psicólogo moralista que vende libros a destajo, también los que se llenan la boca de éticas que ni grandes teóricos con dos dedos de frente se atreven hoy a decir que entienden, también las personas con doble moral. También lo hago yo, aunque me alejo de ser responsable de alguien.
Uno mismo se levanta cuando puede realizar aquello que desea sin miedo a nada, ni a nadie. Hay que aprender, subsanar errores, para no ceder un segundo a mucha de la mierda que nos rodea. No fracasar es vital, para ello basta con crecer, y no deconstruirse. Aceptar la realidad. Hay que tener las cosas claras, no pretender ser otros, o querer ser muchos, la multipolaridad mal entendida no es aconsejable, menos cuando las modas no cesan y abarcarlas por completo es imposible. Querer ser aquello que no eres, es perder el tiempo. Amén.
Han pasado meses, hacía mucho que no volvía aquí, han sucedido muchas cosas, podría decirse que algo nació de nuevo con pretensiones de no morirse. Los trescientos sesenta grados. Reinventarse no es nada malo, es una adaptación a los nuevos tiempos.
Uno de mis grandes problemas ha sido no despedirme de las cosas a las que tengo algo de aprecio y, paradójicamente, despedirme demasiadas veces de aquello que no lo ha merecido. Por eso he decidido volver, puesto que este rincón permanecerá abierto y ha servido de cajón de sastre para volcar todo aquello que me ha apetecido sin necesidad de arrepentirme. Ha sido una vida corta, pero intensa, una ayuda para salirme de las películas del oeste, de los teatros que huelen a lechuga inmadura, una risa para quienes no entendieron nada, y vivieron aún menos. En definitiva, un compañero de resacas y vomitonas.
Os agradezco a todos, los pocos que estuvisteis por aquí y dijisteis algo, los que estuvisteis aquí de paso y callasteis, también a los que anónimamente leyeron o mortificaron lo escrito. (Y por supuesto a ti, L. de oxígeno y vida nueva).
Para los que ya sabéis, me encuentro en otra parte.
Aupa, y suerte!
sin palabras, sin conocerme, sin saber nada de nada.
(En la distancia y sin quererlo, iluso. Consciente de mis batallas).
Es un lugar de paso que visito en algunas ocasiones. El legado ruso, entre montañas, muñecas y ensaladillas, puso a mi servicio las primeras, las segundas me aburren y con las ensaladillas no puedo, tampoco en verano. Una montaña rusa pues, debe saber de que lugar estoy hablando: un lugar dónde una subida vive condicionada a expensas de una nueva, futura e inminente bajada, que probablemente no aprendamos nunca a esquivar o que no advirtamos con tiempo suficiente. Si no la esquivamos nos sentenciarán por reincidentes, si no la advertimos puede que tal vez el juicio mundial nos considere ‘azúcar’ y salgamos vivos de ella.
El invernadero es de un color oscuro, vertiginoso y helado. Te paraliza a la vez que quebranta los mejores recuerdos que hayas podido archivar. Existe una suspensión momentánea de todos los sentidos; lejos del éxtasis.
La arquitectura de la situación ingrávida te muestra su antesala: se trata de diez plantas bajo el suelo o más de un millón de escalones por debajo de la linealidad común de algunas personas.
Los sinestéticos perciben con frecuencia correspondencias entre tonos de color, tonos de sonidos e intensidades de los sabores, todo ello de forma involuntaria.
Por ejemplo, un sinestético puede ver un rojo más intenso cuando un sonido se vuelve más agudo, o tocar una superficie más suave le puede hacer saborear un sabor más dulce.
Te levantas de la cama envuelto en la sabana y ves que el altillo donde te encuentras es un estudio con terraza. Sales a ella y aprecias las vistas al río. Vuelves a reír mientras recuerdas que no ha sido tan difícil batir el récord en el Louvre, aunque os tomaran por otros de los tantos imitadores de ‘banda aparte’ y no les hiciera ni puta gracia veros correr de ese modo. Cuanto daño (o goce) ha hecho el cine. Te acuerdas de muchas personas, de sus madres, de demasiados lugares.
Entras de nuevo en la habitación porque oyes una música que arranca del piso de abajo. Lentamente bajas los peldaños, con cuidado de no tropezar con alguno de los sobresalientes, con cuidado de que ninguno de ellos cruja y adviertan de tu presencia. Distingues una luz y escuchas la música cada vez más alta, te acercas y observas entre la ranura de la puerta corrediza, lo poco que el vaho de una ducha caliente te deja ver. Sonríes nuevamente, te acercas al cuarto de donde procede la canción y ves tu ropa tirada por el suelo, la recoges y te vistes mientras la puerta corrediza se abre y observas una sombra que sube hacia el altillo. No haces ruido, sabes que te debes al silencio, que ya hablaste demasiado. Sigilosamente entras en el baño y escribes en el espejo: ‘c’ehst lha vihe, ahu revhoir’. Justo en ese instante, la canción que empieza a escucharse, te apetece. Vuelves a la habitación donde ya suenan los primeros acordes, donde te vestiste. Empieza la huida, coges el cedé y bajas los escalones de dos en dos, de tres en tres o casi sin pisarlos. Al tiempo que haces eso, oyes una voz desconocida que grita tú inicial. Extraña pronunciación. Esa voz se difumina y queda muda, como la inicial. Pegas un portazo.
No dejas de correr, hasta que cada vez te encuentras más cerca del río, hasta que cada vez se te congela más la cara y las manos del frío que hace, entonces llegas a la hierba. Te sientas, te dejas caer, te pones las manos en la cabeza que aún sigue doliendo, sonríes y gritas: ¡lo he vuelto a hacer!. Ya nada se conjuga con verbos en pasado.
Poco a poco te vas quedando dormido. Tiempo después, con la humedad de la hierba enganchada en la espalda y un suave viento silbándote en la cara, te despiertas. Es de noche. Observas que en el cielo de París solo hay cinco estrellas, piensas en donde estarán el resto, en quién habrá despojado a la oscuridad, en quién habrá hecho negocio con ellas. Ya no te duele la cabeza. Te pones la música, Iván te susurra: “sólo fue, que olvidé, que una parte en las cosas es pura y la otra sufrió, una especie de crisis de angustia que la devolvió sin querer dar la vuelta”. Sigues pensando, en silencio, claro. No quieres volver. Acaba la canción y le sucede otra, la misma que sonaba la noche anterior, la misma que se escuchaba antes de tomarla prestada. Eufemismos.
Muchas más ventanas para mi habitación. Devuelvan las estrellas, ahora, por favor.
-au revoir-
por un instante, pensé en retomarte,
por un instante, iba a retroceder,
por un instante, iba a volver a caer,
por un instante, iba a dejar a un lado todo lo que he aprendido,
por un instante, no iba a reconocerme.
por un instante, entendí que nada ha cambiado,
por un instante, me alegro de que todo siga en su sitio
por un instante, me encanta veros igual.
Este instante dentro de un momento,
será sólo un recuerdo.
Rancheras no, vaqueros de pegatina.
(puro teatro, sin más).
Texas es un lugar inventado, poblado de vaqueros, vaqueros de pegatina.
Ellas, él, ella, tu, yo, nosotros, nuestro escenario.
Pasado, presente, de un tiempo hacia acá, vi el amanecer y el atardecer en amarillo y en rojo. Empapado por esos colores y por la insatisfacción de desconocer pero intuir el significado de la palabra: palabra, busqué en el diccionario (los odio, aborrezco el orden y la pauta) para supuestamente absorber algo más de todo el espacio que abarca la hasta entonces, presupuestamente desconocida, palabra en cuestión.
El significado que más me gustó fue uno que la definía como: Metal de la voz.
¿Metal de la voz?. Me habría gustado la idea aún no estando demasiado de acuerdo con ella. Yo había entendido previamente (sospechaba), que la palabra es casi una categoría abstracta, nada delimitada. No la he podido palpar nunca, ni acariciarla. La palabra no es metal, es demasiado frágil como para serlo, y no tiene voz, si la tuviera podría escucharla. Yo solo escucho célebres intentos de frases coloreadas de un pedante metal que aspira a ser frecuencia, ser palabra, pero que no puede serlo, porque todo intento es vacío, porque nadie cree en ella. Nadie vive en ella. Hay personas que resultan ser un envase al vacío.
He visto un hombre en la playa con un detector de metales (de voz, quizás), quemando la máquina de tantas palabras que se han perdido en la arena de las ya soleadas playas, perdidas de tantas promesas sin voz que solo conocieron la noche y los peces. El piiip-piiip del aparato no ha cesado hasta encontrar a un surfista que ponía cera en su tabla para no resbalar. El hombre entonces ha apagado el artilugio y ha empezado a hablar detenidamente con él. Spencer le ha enseñado que cuando se surca en algo que puede ser tan grande o tan pequeño, y contener tanto o tan poco, hay que tener los pies en el suelo para no resbalar. Por eso él, utiliza cera.
Era demasiado tarde para aprender. El hombre del detector se había muerto entre tanta palabra. El único piiip-piiip que sonaba ahora, era al compás de su último suspiro. Spencer siguió surfeando. Era un asesino sin piedad, egoísta. Nunca entendería lo importante que era para aquél hombre el secreto, la inocencia. Lo había matado. Era demasiado frágil, puede que demasiado valiente para adentrarse en lugares que nunca debió conocer. Su familia reza por él, no tiene metales, palabras, para expresar el dolor.
Creer en algo que puede a la vez ser tan grande o tan pequeño, y contener tanto o tan poco, es esperar que el futuro vea amanecer y atardecer días azules. Seguro que nunca llegan para gente como Spencer. Empapado por esos colores y satisfecho por conocer solo la mitad del significado de la palabra: palabra, no volveré a acudir al diccionario para saber algo que nunca quisiste contar, algo presupuestamente desconocido, que acabó con la vida de aquél hombre el día en que le quitaste la ilusión.
Hay personas que resultan ser un envase al vacío, rellenas con la mitad de todo aquello que quisieron esconder y con la otra mitad de quien siempre pretendieron ser (una vez olvidaron quien eran): un significado completo que mata.
Mientras, muchos otros, seguirán con la cabeza reclinada en la almohada, mirando palabras, viviendo sin tener los pies en el suelo, pero sin resbalar. Pensando en la singularidad de ese hombre. La autopsia desveló una sobredosis de inocencia.
Como cada noche, Adrián se fue a la cama una vez escuchaba el campanario repicar. Sus manías hacían que en pleno invierno durmiera desnudo, en la parte derecha de la cama. En la izquierda, estaba ella. Abril, había sido mi mejor sueño de aquél año, estudiaba medicina y le faltaba un semestre para licenciarse. Abril y Adrián, eran prácticamente la misma persona, nacieron incluso el mismo día. Que a ella le crecieran las pecas de tres en tres, hubiera sido mucho pedir. Apoyada encima de él, agarrándole bien fuerte, Abril respiraba profundamente, dejando que su suave aliento paseara por su cuello. Su hálito acariciaba la piel y lo ejecutaba, era un barniz que sanaba sus heridas. Mientras ella dormía, inconsciente a lo que ocurría, Adrián agonizaba de placer. Su parte izquierda, había sido descubierta y algo tan microscópico, como el susurro de un sueño, devolvía la inocencia a sus escalofríos. Adrián nunca más se mostró inaccesible a su cuello. Cuando su vida debía tomar decisiones, sus manías habían desaparecido. Abril, ya licenciada, le regaló un libro, ‘Manual de comprensión ártica’.
